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¿Cómo iba a ser mi suicidio en la vía del ferrocarril?

Actualizado: 17 may



Nota del director: El barrio Guayaquil, su plaza de mercado Cisneros y la estación del Ferrocarril, en el centro de Medellín, fueron sitios emblemáticos e inagotables con las historias contadas. Durante ocho años de los 20 que lleva circulando la Revista Historias Contadas, nuestro cronista Jesús Peláez participó con sus narraciones. Ver aquí una de ellas, con su protagonismo como habitante y comerciante del sitio.

  

Por Jesús Peláez Álvarez

 

En el viejo Medellín, en la calle Maturín, al cruce con la carrera Cúcuta, estaba ubicado el taller Medellín. Su propietario, sentado en viejo taburete de cuero, desde tempranas horas, esperaba la entrada de los obreros.


Al verme pasar con dos pastas de grueso cartón bajo el brazo, pastas con las que protegía los apuntes y direcciones de personas que vendían múltiples cosas; y, si lograba venderlas, obtenía la comisión correspondiente. Libros, motores, predios, casas y fincas, totalizaban mi amplio surtido, es decir; me había metido a comisionista.

    

Todos los días, don Elías, el dueño del taller, plegaba su periódico y me ofrecía un rebosante pocillo de tinto que preparaba, como lo hacían muy pocos, la mujer que hacía el aseo en la oficina del dueño.

    

Don Elías, hombre pletórico y locuaz; primero se apagaba la estridencia de una chicharra que la ilustrada voz de don Elías tratando un tema de crítica política.

    

“Vea Jesús” me decía; haciendo, por la vehemencia, más rojos los pronunciados cachetes de su cara. ¿Cómo es posible que el Doctor López Pumarejo, -un hombre tan liberal- haya permitido la llegada de Ospina Pérez a la presidencia? Imagine, -continuaba moviendo las manos y mirando a todos los lados, en busca de un auditorio imaginario-. ¿Cómo le parece Jesús las cosas graves en que incurren algunos hombres? Imagine que los doctores Gabriel Turbay y Jorge Eliécer Gaitán, en una relación muy seria, se comprometieron, ante la cúpula del partido, a renunciar a la candidatura a favor del que señalara el doctor López Pumarejo.

    

Aquí don Elías descansaba para tomar aire. Luego proseguía: El compromiso fue muy solemne; con documento firmado; con apretón de manos ante los jefes, y sobre todo, con juramento, Cristo en mano.

    

Visitaron a López Pumarejo, y ¿sabe lo que pasó? Que López, -ya don Elías le había quitado el titulo- dijo: “Yo no le jalo a esas cosas de Ustedes; estoy desilusionado, hagan lo que les venga en gana”.

    

“Imagine Jesús, este…” -Aquí don Elías paró, para tragarse un vocablo áspero e impublicable contra el doctor López-. Es verdad; López, nunca dijo por qué –siendo dueño y señor de la situación- permitió la caída del partido liberal.

    

Yo, ya vendía algunas cositas. Libros, algunos kilos de soldadura, y algunas pequeñas herramientas.

    

Cuando me ganaba la enorme suma de dos pesos, la alegría inundaba mi pecho. Esa noche iba al “Hotel Berlín” situado en la carrera Carabobo, al cruce con la calle Colombia. Allí pagaba un peso por el derecho a dormir en un catre con sábanas y cobijas limpias. Era dormitorio colectivo en un amplio salón bien cuidado. Para el baño nos entregaban cuartito de jabón de coco y una toalla limpia. En ese hotel dormían muchos empleados de los juzgados de Medellín que venían desde los lejanos pueblos de Antioquia.

    

Después de ese sueño profundo y reparador, y del baño que me limpiaba el cuerpo y la mente, más me reafirmaba en el ansia de vivir y de triunfar sobre la vida hostil cicatera y difícil.

    

Cuando apenas lograba separar treinta centavos para poder dormir bajo techo, iba al salón de Tránsito, una joven mujer que tenía su destartalado hotel en el corazón mismo del barrio Guayaquil. Allí en un salón húmedo, con las paredes donde el abandono y la suciedad imperaban, Tránsito tiraba unas talegas llenas de virutas, desechos de hilazas y papeles sucios. Dormir en esos sacos; hábitat de cucarachas, de arañas y aún de escorpiones, costaba treinta centavos. Toda la hez del hampa ya inactiva; arrugada por los años y quebrantada visiblemente por el hambre y las enfermedades, era la clientela habitual de las infecciosas talegas de Tránsito. Allí, sentados en las sucias colchonetas, muchos esqueletos humanos que aún respiraban, peleaban sus llagosas piernas, dando a sus asquerosas lacras el fétido unto comprado a un vendedor de específicos.

    

Allí, con la barriga vacía, después de entregar los treinta centavos; en el infecto salón donde alentaban graves enfermedades, tiré mis huesos más de una vez.

    

La húmeda pobreza; me tenía entre sus poderosas garras. Otra vez pensé, ya sin ninguna reserva, en el suicidio. Sólo, en las reconditeces de mi ser, alentaba, apenas con ligeros vagidos, la pena por el dolor indescriptible que iba a provocar para el futuro de mis ancianos padres.

    

En el pasaje Sucre, edificio ubicado frente a la parte trasera de la vieja plaza de mercado en el barrio de Guayaquil, enfilaban todos los carros de tracción animal. De uno de sus ejes tomé grasa negra, embadurné mis manos creyendo evitar la identificación por las huellas dactilares, vestí un overol que compré en una prendería; al mismo tiempo lo llené de la misma grasa.

    

Todo lo que pudiera desorientar a las autoridades en la identificación de mi cadáver lo puse en práctica. A una familia muy allegada a la nuestra, fui a visitarla y a mentirle ex profeso, diciéndole que me iba a Pasto, donde me resultó un trabajo muy bien remunerado. Así, cuando mi familia viniera de Caldas a preguntar por mí, en vez de una pena inagotable, encontrarían el regocijo de saber a su hijo trabajando después de abandonar la loca idea de no trabajar bajo las órdenes de nadie.

    

Al pasar por el Parque de Bolívar, entré a la Metropolitana a despedirme del Cristo agonizante. Este pasaje inolvidable de mi vida encharca mis ojos cada que viene a mi memoria en el invisible hilo del recuerdo.

    

Un tiro hubiera sido mejor para poner fin a mis días sobre la tierra; pero ¿de dónde sacaría el dinero para conseguir el revólver, un pobre infeliz con los zapatos rotos?

    

Todo lo que pude mentalizar para falsificar mi identidad lo hice. El veneno no me atraía, pensar en él, me llenaba de frío los huesos; el arma blanca me acobardaba; me espantaba la sangre.

    

Pensé en el ferrocarril. Siempre, en todos los actos de mi vida, me gustó lo inmediato. En aquel tiempo el tren que salía de la “Estación Medellín”, cruzaba la calle San Juan. Luego, en un largo espacio solitario, bajo sauces llorones, daba los pitazos de rigor para anunciar su llegada a la “Estación Villa” (hoy plaza Minorista).

    

Estuve allí (calle San Juan al cruce con la línea férrea), en espera del tren que, a la una de la tarde, todos los días, partía hacia Puerto Berrío. El hombre que vivía en la caseta a la vera de la carrilera, era el encargado de bajar las agujas de madera, vistosamente pintadas, para obligar a los carros a parar, previniendo los choques del nutrido tráfico con la máquina ferroviaria. Intrigado, se acercó a preguntarme a quien esperaba. “Un señor me dijo que lo esperara para cuestiones de trabajo”, le dije; mintiéndole con aplomo y tranquilidad.

    

Mi fatal resolución era firme, serena, inapelable. Miraba el reloj de la Iglesia del Corazón de Jesús; aún era muy temprano, resolví, para alejar la sospecha del vigilante de la caseta, dar una vuelta por los alrededores, y cuando oyera el tercer pitazo de la máquina que partiría hacia Puerto Berrío, ir por otra entrada para ganar la carrilera y evitar el malicioso vigilante. Bajé por la calle San Juan hasta un predio ya señalado y utilizado por los transeúntes. Allí sería la continuación de la carrera Salamina.

    

“Vea Jesús, que vaya donde don Pacho”. Reconocí a uno de los obreros de dicho señor y, con él me encaminé a la oficina de don Pacho. Jesús, dijo don Pacho. Lléveme donde el señor que vende el motor trifásico de cinco caballos. Diciéndolo me iba empajando amablemente hacia su carro. No me negué, con el mencionado señor fui al taller donde me habían encargado de dicha venta.

    

Cuando aseaban el motor que don Pacho compró, y se formalizaba el negocio, el reloj dio dos campanadas: una fuerte y otra débil. La una y media pensé; segundos después, la máquina pitó prolongadamente pidiendo vía libre y anunciando la entrada a la Estación Villa.

    

En aquel prolongado rugido de la locomotora, la muerte se despedía de mí. Por naturaleza siempre fui escéptico. No di mayor importancia y valor a los hechos simples que se produjeron para sacarme del suicidio irreversible.

           

Con el comprador y vendedor libé, una tras otra, dos copas del más puro anisado de los Andes. Feliz, recibí por comisión la (para mí) enorme suma de cuarenta pesos.

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