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Columna de opinión: ¿Será que soy uribista? 



Por Miguel Ángel González Mesa


06:30 a.m. Como parte de la rutina y a manera de agridulce preparación antes de enfrentarme a un nuevo día, desbloqueo mi celular, aún con mis ojos tratando de ser funcionales a la luz de la mañana, y camino -más por inercia que cualquier otra cosa- hacia la alacena, mientras que mis dedos, de nuevo, víctimas de la inercia deciden tomar la pésima decisión de abrir la aplicación de Twitter -¿o debería decir X?-. Mi algoritmo, para bien o para mal, está entrenado para mostrarme las noticias políticas más desesperanzadoras del día y las peleas absurdas de la noche anterior, siendo la de hoy un conflicto sin gracia entre estudiantes de la Javeriana y Los Andes a raíz de un video bobo y clasista, esos pelados se desmayan donde se encuentren un estudiante de la Nacional por fuera de Teusaquillo, pienso, mientras termina de hervir el agua y la transformo en una aromática de frutos rojos. Scrolleo mi pantalla, al tiempo que me siento a quemarme los dedos con el pocillo y a dañarme el genio viendo la noticia del descarado despilfarro de la primera dama.


Es que, a pesar de todo, mis mañanas no estarían completas sin indignarme con cada nuevo escándalo que atañe al llamado “gobierno del cambio”. -Será cambio de élites, pienso, mientras termino de beber la infusión rojiza que había preparado. Pero ante mi conciencia, ya plenamente despierta e indignada llegan nuevos interrogantes. ¿Será qué me estoy uribizando? ¿Cuánto falta para que decida comprar un sombrero vueltiao, un poncho, unas crocs y decida poner a todo volumen la discografía de Jorge Celedón? Mientras lo pienso, sigo deslizando mi pantalla, veo la más reciente publicación de la revista Semana y se me disipa cualquier inquietud.


Es que en definitiva no soy uribista, ni estoy cerca de serlo. Imposible estar del mismo lado de aquellos medios de comunicación que adularon la figura del expresidente cuyo apellido empieza por D a sabiendas de que su “año de aprendizaje” significó un alto costo en materia de violación de derechos humanos y calidad de vida. Imposible concordar con los mismos que se vieron empecinados en ocultar la verdad del horror que aconteció en los paros nacionales entre 2019 y 2021 y más difícil aún estar de acuerdo con la desinformación que se publica cada día a raíz del accionar de la rama ejecutiva. No son pocos los medios que han difamado, exagerado, mentido y desinformado acerca de un gobierno el cual no ha necesitado más que a sí mismo para hundir su imagen.


Los resultados de las elecciones locales de finales del año pasado son en definitiva una respuesta a funcionarios de orden nacional caracterizados por la incompetencia, la soberbia, el desorden y el despilfarro de recursos públicos. Sin embargo, también lo es ante la labor poco ética de algunos periodistas, los cuales no han escatimado a la hora de exagerar y hacer parecer el fin de la civilización a los frecuentes desaciertos del gobierno.


Parecería obvio argumentar que no hace falta ser uribista para estar en contra de algunas reformas sociales planteadas por el estado, y que no hace falta ser petrista para apoyar algunas otras de estos mismos proyectos de transformación social ¿A quién le cabe en la cabeza sobresimplificar el debate público a una pelea entre caudillos y no comprender la multiplicidad de dimensiones que conforman la política y a quienes pensamos en ella?


Cierro Twitter, bloqueo mi celular y me dispongo a iniciar el día. Todo esto quizás amerita una reflexión acerca de la toxicidad de las redes sociales y lo perjudicial que puede ser, verse sobreexpuesto al libre albedrio digital y lo que este conlleva, pero este es un tema para otro día. Ahora, sabiendo que no soy facho, que no saldré a gritar a los cuatro vientos ¡Plomo es lo que hay!, ni me inscribiré al diplomado lanzado por el Centro Democrático sobre la vida y obra de Álvaro Uribe, otra duda asalta mi cabeza ¿Y si lo que soy es tibio?

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