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La condición humana y “la banalidad del mal”




Por Carlos Arturo Cadavid V.


En los tiempos del Covid-19, esta reflexión cobra actualidad por la forma banal en que algunos gobiernos, comentaristas y medios tratan la grave pandemia apenas en inusitado y desbordado crecimiento en Latinoamérica y que según estimativos serios cobrará millones de víctimas, si se aflojan las medidas de contención y se subestima la solidaridad que reclaman los habitantes del planeta más indefensos.


Las distintas lecturas que he abordado acerca del holocausto nazi giran en torno a desarrollar conceptos tales como “la condición humana”, “pérdida de confianza en el mundo” y “apatía moral” que produjo, no el holocausto de una población judía específica, sino el exterminio de masas enteras de seres humanos, de manera metódica y sistemática, a partir del empleo de las más avanzadas técnicas y métodos científicos de la época. Instrumentos desarrollados con gran eficacia por el régimen de Hitler para el cumplimiento de sus propósitos.


Destaco como un hecho palpable, el que las víctimas directas del holocausto son quienes han conseguido que no pase al olvido de la historia este horrendo pasaje de la humanidad, creando una subcultura para mantener vivo estos recuerdos: “Hemos hablado de una subcultura y la hemos situado en una conciencia mundial”.


El antisemitismo no fue suficiente ni la única causa para que se produjera esta tragedia humanitaria sin parangón en la historia de la civilización, otros factores fueron importantes. La adopción de una cultura de revancha por las cargas de guerra de 1919 impuestas a Alemania, de un culto a la personalidad del III Reich, la intolerancia hacia cualquier movimiento de resistencia obrera, popular, intelectual y democrático distinto al nacionalismo nazista impuesto por las S.S. a sangre y fuego, pues no solo los estigmatizados judíos sufrieron el exterminio y no solamente antisemitas lo ejecutaron. Señala Irme Kertez, que “al final y al cabo, para asesinar a millones de judíos, el estado totalitario no necesita antisemitas, sino buenos gestores.”


Jean Améry relata que la tortura practicada del modo que se hizo se convirtió en una costumbre esencial del régimen nazi, practicada por soldados comunes, fue una realidad cotidiana y por eso adoptó el epíteto de “La banalidad del mal”, pues se hacía sin ningún remordimiento. Es lo que originó, según este autor, la “pérdida de la dignidad humana” que lleva a las víctimas a perder también la confianza en el mundo, ante la inutilidad de la resistencia y la falta de ayuda.


Respecto al perdón a que se refiere Michel Wieviorka, no debe confundirse con una finalidad teológica ni con una mera disculpa por una falta leve, porque el lenguaje del perdón se pone al servicio de finalidades determinadas, como puede ser el caso del perdón pedido por integrantes paramilitares y por cabecillas guerrilleros colombianos, al calor de los acuerdos suscritos con el gobierno por estas fuerzas insurgentes irregulares y cada uno en su etapa histórica determinada, para tranquilizarse la conciencia por las centenas de muertes que ordenaron fríamente cuando sus voceros eran comandantes en ejercicio.


Insiste en que el perdón debe provenir libremente de las víctimas sin mediación del poder establecido.


Cuando Hannah Arendt en sus escritos muestra la intemperancia, la tranquilidad de conciencia y la indolencia de uno de los principales directores de la “solución final”, lo hace para destacar que el exterminio se adelantó por personas exentas de hasta la “piedad instintiva” de los animales y preparadas sicológicamente para eludir “problemas de conciencia”. Solo estaban cumpliendo lealmente con un deber patriótico y prestando un servicio ineludible, aún así se hiciera sin necesidades militares.


Cabe interrogar, si actitudes como la anterior, se presentan en nuestro país y en esta época, en que al margen de cualquier escrúpulo se han cometido crímenes de lesa humanidad que ofenden el espíritu humano, que son claros genocidios contra grupos de pobladores y que son los actos que Bilbeny acuña como “el mal capital del siglo XX” en su libro El idiota moral, ordenados precisamente por idiotas morales que son quienes cometen esta clase de crímenes y que son seres humanos caracterizados, concluyo, a) por no saber ni entender lo que hacen, por actuar sin pensar, aunque tienen las capacidades de cualquier hombre corriente, b) por no tener reatos de conciencia, y c) por actuar en cumplimiento de órdenes y de altísimos deberes patrióticos.


Con relación a este polémico escritor (Bilbeny), considero sus tesis muy importantes para el tema que nos ocupa y que concluye en la corresponsabilidad del genocidio por parte de la sociedad en general, debido a la “apatía moral” en que se embaucó.


Me pregunto a estas alturas si la condición humana es una categoría cultural afirmada en el recorrido histórico de muchos siglos o es una cualidad biológica evolutiva de los seres humanos, incrustada en los genes. Si fuese lo segundo, entonces no habría de qué preocuparse ante el surgimiento de movimientos totalitarios, pues serían efímeros y sembrarían en terrenos yermos su cantinela tiránica, pues el resto de mortales serían protegidos por su genética. Sin embargo, así no sucede en la realidad. A mi juicio, la condición humana es maleable por las circunstancias concretas de existencia de las personas: todo su entorno contribuye a forjar su manera de pensar y actuar, los torturadores no dejaron de ser seres humanos llenos de amor, delicadeza y afecto por sus seres queridos, por los animales domésticos, por la excelente mesa y el buen vino, por la música, por las buenas costumbres y por las diversiones sanas. Estas cualidades humanas no fueron óbice para que no solamente dirigentes, sino también soldados, y alemanes del común, e incluso judíos, cumplieran a letra cabal con el “exterminio metódico”, materializado actualmente como el genocidio, sin reatos de arrepentimiento o contrición.


No concuerdo con las ideas expuestas a partir del II capítulo, donde habla del “Nuevo ángel exterminador”, “La sombra de Barbazul” y “La apatía moral”. Considero que los argumentos están construidos sobre la base de que un sujeto con serios problemas de afectos y educación, desde niño, se fue convirtiendo en el demonio que asoló posteriormente a la humanidad, ajeno por completo a las condiciones políticas, sociales y económicas, un desvariado que aprovechó las circunstancias legadas por una sociedad indolente. Se le atribuye la tragedia del holocausto a razones sicológicas, psiquiátricas y a comportamientos y conductas anormales, tanto del principal victimario y seguidores como de la inmensa mayoría de víctimas y de la sociedad no exterminada.


¿Cuántas personas murieron inocentemente en la Gran Guerra a nombre de la libertad y para oponerse al régimen nazi y al régimen de Mussolini, por parte de superpotencias que esperaron tardía y oportunistamente para participar en la contienda, que al final produjo una nueva repartición del mundo? El pueblo soviético perdió a 20 millones de habitantes, y quizá fue Rusia la nación que más perdió en vidas humanas y sin la cual no habría sido posible el triunfo de las fuerzas aliadas; sin demeritar el enorme sacrificio del resto de naciones apabulladas y pueblos arrasados, para un inventario de 100 millones de vidas extinguidas. Pero, repito, grande intereses tuvieron que ver con la indolencia y hasta con el apoyo tanto hacia el nacional fascismo alemán como hacia el nacional fascismo italiano; tal vez se hubiese impedido tan colosal hecatombe, si se lo hubiesen propuesto. Recordemos que los ataques atómicos por parte de Estados Unidos al Japón, como lo reitera Bindery, se hicieron también con absoluta indiferencia por las vidas de casi medio millón de personas y en leal cumplimiento del deber, y poblaciones alemanas enteras fueron desaparecidas de la faz de la tierra por interminables bombardeos aliados mucho más letales que los ataques a Guernica, que ilustrara Picasso en una de sus más representativas pinturas.


“La banalidad del mal” ha acompañado a la humanidad por siglos de existencia y que no es exclusivo de la época del nazismo, aunque respeto el que algunos autores y especialmente Bindery la hayan acuñado para llamar la atención sobre semejante catástrofe humanitaria. La ciencia y la tecnología siempre traen consigo el desarrollo más descomunal de técnicas y procedimientos de exterminios de los enemigos y se desarrolla con mayor rapidez en los conflictos bélicos, hasta el punto de que uno puede afirmar que gracias a las guerras ha avanzado la ciencia y la tecnología de manera tan acelerada, y no ha sido propiamente por dotar a la humanidad de las mejores formas de existencia: ha sido para el exterminio mutuo. Detrás de todo ese arsenal bélico, técnicas de matanza, exterminio o experimentación, que con gran sevicia y enorme indiferencia utilizó el nazismo, campearon grandes intereses económicos y políticos y de poderosas transnacionales de indistinta procedencia, que tienen hoy al borde de la extinción a la humanidad.


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