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Latinoamérica en los premios Oscar 2024: Entre el dictador vampiro y la memoria de Augusto Góngora. (Columna de opinión)




Por Miguel Ángel González Mesa

 

El domingo diez de marzo se llevará a cabo en el teatro Dolby de Hollywood, California la edición número noventa y seis de los premios de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas, común y tradicionalmente conocidos como los Oscar. Se entregarán veintitrés estatuillas correspondientes al mismo número de categorías. Las estrellas del cine mundial desfilarán en costosos vestidos y millones de personas alrededor del mundo presenciarán la ceremonia por medio de la televisión y plataformas digitales.


Entre las ciento veinte nominaciones que disputarán el honor de hacerse acreedores a los premios más cotizados del panorama audiovisual en el planeta, es posible encontrar cuatro de carácter latinoamericano -seis si contamos la ascendencia latina de América Ferrera y Becky G -, dos de ellas pertenecientes a Rodrigo Prieto y Luisa Abel, el primero debido a su papel como director de fotografía en la múltinominada “Killers of the flower moon” y la segunda por él dirigir el departamento de maquillaje y peluquería en la también nominada en diversas ocasiones “Oppenheimer”.


Las únicas películas latinas nominadas en esta edición comparten la nacionalidad chilena y responden directa o indirectamente al mismo contexto político, el de la dictadura militar que sufrió el país austral entre los años 1973 y 1990. “El conde” dirigida por el legendario Pablo Larraín y nominada a mejor fotografía, nos relata una historia distópica en la que el terrible dictador Augusto Pinochet es un vampiro sediento de sangre que reflexiona sobre qué tanto quiere seguir existiendo después de doscientos cincuenta años de vida, mientras que “La memoria infinita” de la talentosa Maite Alberdi que compite en la categoría a mejor documental, nos relata de manera intimista y delicada la enfermedad que posterior al estreno del filme llevaría a la muerte al reconocido periodista Augusto Góngora -quien sería clave en la defensa de los derechos humanos durante la dictadura de Pinochet- desde el punto de vista de su esposa, la actriz Paulina Urrutia.


Es que, si hablamos de compartir, es desgarradora la manera en que la mayoría de los países de nuestra región han sido víctimas de gobiernos despiadados, autoritarios, violadores de derechos humanos y que han llevado dolor a lo largo del sur de América. Para este caso puntual Chile es quien está llevando al mundo historias que tienen que ver con este padecimiento mediante dos propuestas radicalmente distintas pero que de fondo vuelven a rememorar, desde la parodia y el homenaje, a estas historias que definen la de todas las personas que habitamos este continente, que visibilizan desde el arte décadas de guerra y violencia que aún no hemos logrado superar.


Muchas de las críticas al cine colombiano radican en considerarlo monotemático, que no se extiende más allá de los tentáculos del conflicto armado interno y que por lo general no busca la exploración de otros temas a tratar dentro de sus películas, sin embargo, y al observar el ejemplo de las películas de Alberdi y Larraín nos podemos dar cuenta de si bien en Chile existe una industria cinematográfica más desarrollada tanto en capacidad técnica como en personal, es posible explorar nuevos mundos narrativos y presentarle a la sociedad proyectos innovadores pero que a su vez no olviden sus raíces políticas ni sociales.

Espero de corazón que las cuatro -o seis- nominaciones latinoamericanas se alcen con la mayor cantidad de estatuillas posibles y que demuestren precisamente en Estados Unidos, que somos mucho más que los estereotipos que se nos han impuesto. Espero de igual forma que valoremos nuestro arte, nuestro cine y que desde la región se sigan impulsando proyectos capaces de cerrar brechas y hacer crecer la industria. Cómo sea, este domingo estaremos celebrando nuevamente el cine y a través de él a nosotros mismos.

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