Elogio lírico del tiple


(Publicado en la edición impresa de la Revista Historias Contadas # 145)
Por Héctor Castrillón Londoño
Tiple bonachón y montañero, tiple sentimental y macho, camarada fidelísimo de nuestro pueblo humilde. El campesino lo oye zurrunguear desde que su madre lo acunaba sobre sus rodillas, y no es todavía mozo cuando ya ha aprendido a rasguear para ir a cantarle a la novia, una muchacha agreste que viste de muselina y tiene dos trenzas bíblicas caídas sobre los pechos en retoño. Una novia sencilla y buena que cuando escucha a lo lejos puntilleos de tiple o amagos de serenata se asoma a la ventana a escuchar las canciones del amante.
El tiple no puede faltar en ninguna casa labriega, en el taller aldeano, en las cantinas de pueblo en las fondas de los caminos reales; pendido en las paredes cuelga como un ajusticiado, luciendo en las clavijas moños de cintas rojas en forma de mariposa, como los de una colegiala. Ahí esta siempre listo a alegrar las faenas y sucesos triviales de la vida proletaria. Por las noches en el campo, al regreso de las labores después del yantar y luego de haber rezado el rosario tradicional, los peones se van al corredor de la casa a rasgar tiple y a cantar bambucos picaros que el viento nocturno filtra para llevar al galope sobre la soledad llanera.
Los domingos al atardecer se escucha el son quisquilloso de sus cuerdas, cuando dos trovadores paisas se desafían a versiar, sentados a la barranca del camino o sobre el mostrados de una fonda.
También el tiple es patriota, y por eso los reclutas lo enrolan para la campaña primero que sus encapillados. Por las noches en vísperas del combate, bajo toldas de guerra y entretanto que afuera el centinela otea los enemigos, los soldaditos bailan guabinas y pasillos al compa del tiple aventurero que comparte con ellos todas las emociones de la vida militar. Tal vez mañana balas enemigas romperán las hélices de sus corazones generosos y agiles como los potros del llano.
Su quejumbre indígena tatúa de recuerdos vitalicios el alma rebelde de los guerrilleros. En las noches calentanas del Tolima, bajo un cielo móvil de estrellas y de zozobras, los soldados esperan la iniciación de la batalla, con el arrullo de un tiple tosco que les da bravura y los enternece de patria.
Para los veteranos de la revolución, el instrumento nacional trae nostalgias recónditas, porque el conjuro de sus voces taumatúrgicas loa recuerdos se les cuadran en posición firme, frente a sus evocaciones hogareñas, con un regimiento de esperanza. Y en todos ellos jefes y soldados, el dolido aire colombiano prende nostalgia de amor, saudades de ternura, tristeza por la nativa tierra, vehemencias por estar en el rancho amigo, el calor afectuoso de los suyos y entre el paisaje familiar que lo circunda.
Hubo un general de alma dura que prohibió bajo pena de azotes llevar tiple a la guerra, porque en la soledad de la compaña, los reclutas desertaban de las filas, al escuchar el suspiro de un bambuco. Y no eran fugitivos por cobardía, sino por estar ganosos de llegar a casa, donde la vieja querida o la solada novia los esperaba con los brazos llenos de ausencia. Y cuando agonizaba en el combate, mas le dolía dejar la vida por abandonar el tiple fiel que por morir de veras. Así es arrebatada y lirica esta soñada raza de Colombia.
Evoquemos, pues el tiple criollo hermano y compinche de todas nuestras desventuras y glorias. Al tiple liberal y ravacholista en cuyas cuerdas duerme siempre un bambuco demagógico, al tiple guapetón y bravo que envalentonaba a los soldados románticos de la guerra civil, al tiple añorante que va regando quejas tristes por la polvorienta soledad de los caminos reales, al tiple proletario que viaja cantando en los vagones de tercera clase de los ferrocarriles, al tiple de la fonda campesina, amoroso y sumiso, que llena de recuerdos los sembrados ausentes, las huertas devastadas por la revolución y cuyos sones transporta el viento de colina en colina, como un pájaro henchido de cantares.
Evoquemos al tiple chiquinquireño de cintas rojas y trastes de brillante cobre, tiple conservador y promesero, godo y ultramontano que va siempre adelante, abriendo caminos de esperanza a los indios taciturnos que se dirigen al santuario boyacense a rezarle a la virgen en peregrinación suplicatoria.
Evoquemos también al tiple del obrero y del estudiante que piden amor en las rejas de las ventanas, tiple de bajo precio, amigo del artesano y compañero del campesino, que en la soledad del agro triste o en el silencio arrabalero del barrio pobre solicita amor con aires doloridos a un balcón inútil que no se abrirá nunca.
Tiple sentimental y macho, camarada de nuestro pueblo humilde, en cuyo encordado se encuentran todos los tonos que traducen estados de alma colombiana, en sus aires se pueden expresar la alegría de las victorias guerras, la llegada de las buenas cosechas, los idilios campestres, las penas de ausencias, el dolor de la madre muerta, la angustia de saberse lejos de la patria… todos nuestros sentires, nos los interpreta el tiple; el tiene arrullos para acunar los niños en las rodillas maternas, quejas para hacer reclamos por injustos desdenes, sones canallas de barrio abyecto para agredir a una hembra traicionera que hizo trizas nuestro corazón, tonadas dulcísimos para la novia buena; todas las pericias de la vida las registra el tiple en amistosas cuerdas que se entreveran a la historia de Colombia con raíces sentimentales como se cruzan los bejucos en el monte o trenzan sus cabelleras samaritanas las campesinas al salir del baño.
Bolívar pulso tus cuerdas con esas manos proceras, expertas en caricias y en batallas. Córdoba el efebo de la boca frunal y de los ojos verdes, ordeno que anunciaras el choque de Ayacucho con un bambuco heroico de la tierra nativa. Y don FRANCISCO DE PAULA SANRANDER, tan frio de corazón como era, y tan desaprensivo se enternecía como una muchacha cuando escucha tus aires acriollados y tristes, y agarrándote con cariño como si fueras un niño, entonaba en tu compañía guabinas amorosas, bajo los portales de las antiguas fondas de Cundinamarca, en sus noches de luna y juerga.
Eres pues, tiple hermano, para este pueblo lirico, tan dueño de nuestro efecto, como un retazo de la bandera colombiana, o como un jirón del himno nacional.
Para concluir el presente trabajo presento los versos del bambuco SOY COLOMBIANO, del compositor tolimense RAFAEL GODOY, el cual. Considero que es la canción mas representativa de nuestro folklore inclusive escrito, es el aire mas importante de la zona andina de nuestro país.

SOY COLOMBIANO
A mí deme un aguardiente,

Un aguardiente de caña,
De las cañas de mis valles,
Y el anís de mis montañas.

No me dé trago extranjero,
Que es caro y no se sabe a bueno
Y porque yo quiero siempre,
Lo de mi tierra primero,
¡Ay! Que orgulloso me siento
De haber nacido en mi pueblo.

A mi cántame un bambuco,
De esos que llegan al alma
Cantos que ya me alegraban cuando apenas decía “mamá”

Lo demás será bonito,
Pero el corazón no salta,
Como cuando a mí me cantan
Una canción colombiana
¡Ay! Que orgulloso me siento de haber
Nacido en mi patria.

Y para mí, una muchacha
Aperladita o morena,
O una mona de ojos claros
De suave piel montañera

Muchachas, música y trago,
De la sierra o de mi llano
¡Ay! Que orgulloso me siento
¡De ser un buen colombiano!
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