Réquiem por un amigo con mayúscula


Nota de la redacción: Nolfo José Carranza Arévalo, más conocido como Joe Carranza (el "Gran Nolfillo", como yo le decía cariñosamente) fue colaborador durante varios años en los inicios de la Revista Historias Contadas. Destacado por buena pluma, lector prolijo y bondadoso con sus amigos. Leamos esta página magistral, escrita por otro de nuestros colaboradores.

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Por Carlos Ossa (enero de 2021)


No estaba en mi presupuesto vital despedirme de esta bella, apasionante y trágica farsa de estar vivo. Todavía estoy asombrado y te escribo con no poca amargura en el fragor de esta noticia tan envilecida. Misia muerte sigue siendo tan vieja como la tristeza y tan nueva como la primavera.


Estrenar muerte debe ser como estrenar zapatos. Que falta de cortesía la de doña muerte, no permitir que te despidieras de tus amigos que en esta ciudad fuimos bastantes y es que tenías una facilidad para hacer amigos sin duda envidiable.


Desde una perspectiva ortodoxa la vida te quedó debiendo unos años.


Todavía sonrío frente a la iracundia tuya cuando el padre de nuestra querida Marinela te incluía en el paquete de reciclar viejos, que según su padre, Marinela ejercía.


Pero si la vida quedó en deuda contigo, no cabe duda que tú quedaste en deuda con nosotros y con tu historia. Fuiste un escritor en trámite. El texto de cuentos y la novela que estaba registrada en tus alvéolos mentales, nunca descendió de ese Olimpo a la prosa de la página en blanco y de verdad tenías talento. Tu crónica o reseña del texto “Sinfonía de Otoño” del suscrito y publicada por la revista Historias Contadas, la tenaz revista que dirige Carlos E. López Castro, es una magistral factura de tus capacidades intelectuales.


Tus amigos recuerdan que años pretéritos llegaste de la costa norte precedido por el empuje y los deseos de no perderte en el espeso anonimato. Fuiste locutor radial, organizador de programas vallenatos en los que destacan un lleno en el parque San Antonio. Tu ánimo daba para publicar revistas y periódicos, entre ellos Jokar. Eran apariciones breves pero prometedoras. Esto te servía como proscenio, mientras escribías la novela que te iba a lanzar al estrellato.


Todo se fue difuminando, se fue agotando el tiempo del entusiasmo. No se sabe que fenómeno incidió en tu decaimiento. Ni la incursión en el budismo logró tu reencuentro con las ganas de vivir. Tú que eras la recuperación viva del símbolo amistoso, que otorgabas categoría humanista en esta sociedad utilitarista.


Recuperaste para la amistad el antiguo sitial de la grandeza. Aunque no eras el esperado contestatario, te mortificaba la injusticia social.


Me quedé sin el agudo y exquisito lector de mis textos. No alcanzaste a degustar mi reciente “Poesía Desalojada del Paraíso”.

En fin, mi querido Joe Carranza, aquí en Medellín se derrama una mayestática luz solar, como para ratificarnos que el cosmos nada tiene que ver con nosotros.


Que la tranquilidad absoluta te habite en tu morada definitiva.





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