Sobre Tartarín en Guayaquil y otros personajes de Medellín



Foto: Reporter, a la derecha, de sombrero, Libardo Parra Toro (Tartarín Moreira)


Por Jesús Peláez Álvarez

De la Carrera Carabobo, entre las calles de Ayacucho y Pichincha se encontraba el muy amplio y concurrido café Bodegón. Su propietario don Marco Tulio Morales disfrutaba del aprecio de una clientela respetable y solvente que –diariamente- ocupaba la totalidad de las mesas de aquel amplio café. Todos los empleados del Palacio Nacional acudían –todas las tardes después de la jornada de trabajo- a “aventarse unos guarilaques” y a escuchar y también a decir sus cosas.


Muchos universitarios, especialmente estudiantes de derecho, acudían al “Bodegón” ocupando las sillas que más los acercaba a los muy señalados hombres de la ciencia penal. Muchas veces, en esas mesas, al calor de unos aguardientes, se dirimían intrincados asuntos de derecho que en la emoción de los polemistas resultaba acertada e irrefutable.

Una lluviosa tarde, entró al “Bodegón” el doctor Jesús Montoya echando pestes contra los mediquillos que le habían propuesto prepararse, y sobre todo no tomar “ni un solo trago de aguardiente” ya que en las horas de la mañana del siguiente día sería intervenido quirúrgicamente para tratarle una hernia inguinal.


Lo primero que hizo el prestigioso abogado fue pedir “un aguardiente doble” y agregó: ¿Qué les parece a ustedes; si no me encuentro con mi amigo, que me observó que los hombres entregados –toda la vida- a las disciplinas intelectuales nunca sufriríamos de hernias. Estas dolencias me dijo él, sólo las sufren los obreros que continuamente hacen grandes esfuerzos por las mismas razones de su oficio. Acudí con mi amigo a un médico que después de un examen me dijo: Vístase doctor Montoya, usted no sufre ninguna hernia.


¿Qué les parece a ustedes los cachorros de Galeno que nos están soltando las universidades? Tengo agua en el escroto me dijo el médico lacónicamente. Se ofreció a operarme en el acto. Me negué. La máscara de los cirujanos, cuchilla en mano, me llena de espanto. Los hijueputazos a los mediquillos infames se habían rebajado notoriamente. El Magistrado Alfonso Mejía Montoya, que además era poeta, se dejó oir en la parte inicial de una décima untada de vocablos sucios, eran cochinadas indecibles. “Les traigo la triste nueva que al doctor Jesús Montoya se le ha inflamado una güeva”.


Carolita, la jefe de meseras del “Bodegón”, escuchando al doctor Mejía Montoya que en sus versos bien logrados pero sucios, –ya que en ellos se lograba la rima, la consonancia y, en un todo, todas las exigencias de la retórica– declaró que ese poema tenía la gracia de un plato expuesto al flagelo del tiempo, del tiempo implacable que lo convierte en una fétida gusanera.

La sala se animó cuando entró Tartarín, Libardo Parra, después de indagar por el motivo del bullicio, lo subestimó no dándole importancia y negándole la chispa que brotaba –siempre– de sus labios llenos de chistes y de gracejos. Tartarín, pese a la extrema delicadeza de sus manos y al gesto Cristiano de su rostro martirizado, guardaba, para quien lo ofendía (aún en materia leve) un odio que les era negado a la aguda observación de los siquiatras. Jesús Montoya, abogado penalista respetado y alabado en las más serias reuniones o en los sitios de charla y jolgorio, jamás obtuvo una sonrisa amable salida de la cara reseca de Tártaro, así los muy íntimos se permitían alentar estas deferencias entre el abogado y el poeta bohemio. Alguna vez Jesús quiso remedar a Tartarín poniéndose el sombrero caído al lado derecho de la cabeza, luego lo apacharró con fuerza y gritó: “Aquí tienen ustedes a Tartarín”. El coro festejó y aplaudió. Al saberlo Tartarín, los amigos insistieron en que Tártaro, personalmente, mirara el mamarracho que logró Jesús en su remedo. Libardo, después de apurarlo, dijo con voz que pretendía mantener la mesura. Cómo es posible que en un polichinela con la cabeza pelada, siempre la piel irritada por las inacabables ingestiones de alcohol, con una estatura que nos lleva –inmediatamente– a pensar en uno de los enano de Blanca Nieves, que pasa a vuestros ojos, que decís, al compararme con él, que somos iguales? Tartarín iba a proseguir, cuando la voz de don Marco Tulio Morales se dejó oír, imponiendo silencio a los bocateros. “No admito en mi establecimiento insultos ni discusiones, ya ordené no vender ni un trago en el día de hoy a los contrincantes, siempre que los dos estén en mi café.


Carola, la mesera jefe, con el doctor Montoya se habían retirado al fondo del salón. Tártaro salió erguido, midiendo los pasos, con la cara más verde que siempre. En los momentos de furia el color verde viejo de Tartarín, cambiaba como los hierros de los portales antiguos que permanecen a la intemperie.


Cuando Tártaro salió, alguien musitó entre dientes: “Muerto el perro, acabada la chanda”.

Don Marco Tulio Morales, hombre que admiraba y estimaba a Jesús, fue al fondo del salón para saludar y disculparse con el abogado. Yo veía venir su andanada y paré la cosa dijo don Marcos. Así fue mejor. Por eso le estoy muy reconocido señor don Marcos. Jesús Montoya Montoya, fue un hombre nacido en Sopetrán. Su niñez la pasó al lado de su familia. Su padre, abogado que ejerció la profesión con el permiso concedido por el Ministerio de Justicia en Bogotá. El Ministerio concedía ese permiso después de que el interesado daba, de oficina en oficina en la provincia. Luego, rigurosísimos exámenes no sólo en lo que concernía a la persona, sino también a una hoja de vida muy limpia en todo lo que atañe a la conducta general de un ciudadano. Resultaba más fácil obtener un título universitario que un permiso ministerial para ejercer, en una de sus ramas, la profesión de abogado.


La Universidad de Antioquia, en una de sus camadas anuales nos dio a este abogado honra del foro antioqueño. La envidia parece ser una enorme alimaña adherida perpetuamente a los hombres valiosos, fue la inseparable compañera de Jesús, el grande abogado cuyos trabajos, en las altas salas del Foro Colombiano, le valieron calificativos y serios estudios que los presentaron como jurisprudencia que resolvía intrincados problemas de derecho penal.

En el “Bodegón”, ya en las horas de la tarde, los tragos incendiaron el alma y la mente de Jesús que empezó una dura filípica contra Tartarín. “Es un carepalo maldito; se mantiene envuelto en un polvo barato; la pobre gente, en el tranvía, no sabe por que ventana arrojarse a la calle. Es un antiséptico insoportable. Nunca ocupa un asiento porque la cuchilla de los pantalones –donde se paparía una mosca– perdería su doble que se mantiene como una cuchilla; mantiene –perennemente– unos cauchos que acomoda en los carrillos de la boca para quitar el aspecto cadavérico de su rostro. “Es un muerto que anda” dijo un guasón cualquiera, refiriéndose a Tartarín.


Ampliábase el círculo de curiosos que escuchaban los desafueros de Jesús contra Tartarín. Alguien intercaló este cuento: Cuando enterraron al padre de Tartarín de que éste se pintaba los labios. El doctor les dijo: El todo es que no le dé por orinar sentado. “A mí me dio en Sonsón –prestados en unas fiestas del maíz– la enorme suma de cien pesos, me cobró el diez por ciento semana transcurrida desde el fatídico día en que el criminal usurero me prestó la plata; más tarde lo supe muy furioso porqué la plata que él prestaba a sus contertulios era para bebérsela con él. Quien esto contó alborotó el cotarro. Cada quien dijo cosas que lastimaban la personalidad del único bohemio de verdad que tuvo Medellín. Recuerdan, dijo un asistente que prestaba en el círculo de los habladores. Recuerden repitió: “Ya el molino no muele y la rueca no hila”. Sea lo que sea, Tartarín es un poeta muy estimado. Sus poemas están en la boca de los más reputados cantantes de Buenos Aires.


Otro de los asistentes metió la voz para contar cómo, cuando Rubayata (Juan Roca Lemus) fue expulsado de Méjico por haber insultado –bajándose del carro que los transportaba con otros políticos de la ciudad Azteca– a Plutarco Elías Calle, diciéndole viejo comunista, ateo, hijueputa, y más cosas lindas que de la mente ultra conservadora y ultra Católica de Rubayata salían cuando el Tequila había revuelto las tripas del periodista.


Enterado el Alto Gobierno de Méjico de los desafueros imperdonables del señalado hombre de la Embajada colombiana, ordenó su expulsión inmediata.


Gustavo Rodas Isaza, el inexplicable hombre que aún duerme en el olvido, se enteró de la salida de Rubayata de Méjico; supo la hora de salida y de llegada del diplomático expulsado a Medellín. Por cosas que nos impide cumplir con algún deber, Gustavo Rodas Isaza (el primer fundador de un radioperiódico en Medellín) le pidió a Tartarín ir al aeropuerto y recibir a Rubayata.


Más tarde, Rubayata, con el gracejo que derramaba en todas sus narraciones chistosas comentaba el recibimiento que le hizo Tartarín.


Salimos inmediatamente del aeropuerto. El conductor preguntó donde íbamos? Al cementerio de San Pedro, comentó Tartarín. Ya vas a ver los que te tengo. Nada de locos diciéndote discursos. Vas a ver cosas buenas, a la vez empuñaba la mano mostrando la caña de su brazo que acusaba una avitaminosis permanente.


En la segunda fila de una de las naves de la Necrópolis nos detuvo Tartarín al que yo ya juzgaba loco de remate. Dando tres golpes sobre el mármol de una de las lápidas, dijo con una voz dulce, apenas audible y muy cariñosa. “Libardo, aquí conmigo, se encuentra el enorme periodista Rubayata. Sí, el mismo que todos los días nos deleita con su “Periscopio”. El acaba de fustigar, sin importarle nada, al tirano Plutarco Elías, que en Méjico abatió bajo su férula a todas las personas sospechosas de prácticas piadosas, inclusive a las que –a escondidas– visitaban el Santuario de la Guadalupana.


Por eso lo he traído aquí, para que tú seas mediador para que la Virgen de Guadalupe consiga de su divino niño el premio para obsequiar a Rubayata.


“Acércate Ruba que Libardito me está hablando” Así suplicaba Tártaro a Ruba; recostar el oído contra el frío mármol de la tumba del que parece que ya había sido trasladado a otro sitio para la cremación de los huesos.


Tartarín continuaba su cantinela, hablando, decidí Rubayata, con los labios torcidos y colgados; manando abundante sudor pese al penetrante frío de la mañana. Qué número de la lotería aconsejas a Ruba? No, no lo repitas que lo escuchan otros. Y pegando sus labios al oído de Juan Roca Lemus le dijo: Escuchaste? Compra ese número.


Rubayata no sabía si reir o llorar. Viendo a Tartarín, convulso, manando un sudor abundante y, seguro de su profecía, no preguntó a su generoso amigo por cual lotería debía de comprar el billete.


En ningún momento te ofreció un tinto? Ruba contestó afirmativamente. Si es un infeliz, abandonó el hogar por no sostenerlo. Es un gran calígrafo. Eso sí, copiando diplomas de grado y otras cosas relacionadas, obtiene muy marcados beneficios, además tiene sueldo de detective. Sí, el se ayuda mucho, sobre todo con los ahorros, llora porque tiene que comer. Come poco y bebe diariamente, nunca compra un trago.


Toda persona que sobresale en este asfixiante medio de cotorras, carga con todos los vicios y defectos que le endilgan los que –de frente– le sonríen y adulan. Cuantas veces los que estamos aquí hemos llevado músicos hasta las ventanas de nuestras novias que han llorado al son de las tristísimas canciones de Tartarín.


Tartarín se cree un artista y es un artista y muy solicitado en las ricas casas donde se celebran fiestas de familia. Allí desde los abuelos hasta los nietos escuchan, reverentes, a los músicos consagrados llevando a las novias quinceañeras los poéticos mensajes de este hombre que arde en un fuego poético que lo transfigura.


Es verdad que los grandes adoradores de Baco libaban diariamente sin que nadie los viera pedir un trago. Rubayata jamás se sentó sin ser rogado, y muchas veces suplicado, para ocupar una mesa donde se bebía repetidamente. León Zafir bebió toda la vida sin participar en los gastos de la mesa. A un hombre que anduvo pegado a las ropas de Rubayata, fastidiado con el pegajoso lo llamó “Colbón”.


Miguel Ángel del Río, inspirado poeta cuyas producciones fueron llevadas (con mucho éxito) a importantes agencias musicales. Siempre solo, el poeta consumía media botellita de aguardiente y salía, después de pagar, sin despedirse de nadie.


Ernesto González (“El Vate”) hombre que, después de agotar todas las posturas de la más pura bohemia, resolvió dejar definitivamente el trago y entregarse a una santurrona vida de hogar. Mucho luchó “El Vate” por conseguir el arrepentimiento de todos sus amigos, a los que tentaba, aún con dinero, para que se postraran en el confesionario. En una tremenda “juma” y sin peso, Manuel Jiménez Trujillo resolvió venderse al Vate; acordaron que se confesaría –inmediatamente– por diez pesos. Trato hecho. Manuel se confesó frente al Vate que lo supervigilaba en la Iglesia de la Veracruz. Todos los días el Vate acudía a la reunión diaria de los poetas en la calle Calibío al cruce con la carrera Carabobo. Nunca el Vate volvió a probar un trago, sin embargo todos los días compraba la botella para obsequiar a los pobres poetas sedientos.


Octavio Vásquez Uribe, fue nuestro director cuando con él fundamos la casa del poeta. Hombre leal y cumplido, cerraba puertas a los mentirosos e incumplidos. No tomaba ningún licor.


Alguna vez el destacado abogado Jesús Montoya, “se pegó la rodadita”, y al encontrarse con un amigo que amaneció en las mismas, después de un fervoroso saludo de enguayabados se preguntaron por sus efectivos contantes. Dijo Jesús: Lo muy malo es que el único café abierto es el de Alfonso Perro; ese hombre es capaz de darnos bala si pretendemos beber en su cantina “al fiado”. Imagínate que cuando se le murió un niño, llamó a la mujer diciéndole “Mija, le mando todo para el entierro, yo no puedo acompañarlos porque me quitan la clientela”. Con este comentario en los labios del compañero apareció una mueca seca. Hagamos una cosa, dijo Jesús el abogado, sentémonos y pidamos unos tragos hasta que llegue un amigo y nos saque del problema. Llegó Jesús Goez, al verlos se sintió feliz. Las manos se acariciaban de contentos. Siquiera llegaste Jesús. Imagínate la angustia sin un centavo para pagar a este hombre feroz. Sepan ustedes, dijo Goez. Ayer en la mañana la mujer que me observaba me dijo: Vea mijito, no se pele más las manos buscando la platica, esa ya la llevé a don Eudoro.


De suerte que yo –dijo Goez– estoy más pobre que ustedes.

La tarde avanzaba, y la mesa cada vez tenía más bebedores todos “limpios”. Alfonso Perro llevaba tandas y más tandas. Jesús y su amigo estaban desesperados. Siempre en cualquier mesa de borrachos, el que lleva la voz cantante es el que está gastando a lo príncipe. Siempre los chismes chascarrillos salen de su bendita boca. Cosa rara; esta vez, los muchos que ocupaban la mesa, apenas sí se atrevían a un ligero murmullo que más parecía un rezo de difuntos. Aquello no era una parranda, aquello era un duelo general donde lo único que faltaba era el muerto. El hombre guasón dijo: Sólo falta el ánima sola. Y en verdad que ésta apareció.


Qué hay de nuevo doctor Montoya, exclamó, lleno de entusiasmo, el recién llegado. En pocas palabra el doctor Jesús lo puso al tanto del apuro, que lo preocupaba. No se preocupe doctor, que yo, aquí tengo más plata que el putas. A ver cantinero, cuánto se le debe en esta mesa? Alfonso Perro, tartamudeando explicó la cuenta. Bernardo Mejía, así se llamaba el hombre recién llegado. Traiga, dijo al cantinero, lo mismo para los señores de la mesa, a mí me trae una cerveza bien fría. Y vea le pago. Los ojos irritados de Bernardo denunciaban una borrachera de varios días. Bernardo pidió a Jesús lo acompañara mientras tomaba la cerveza. Todos consumieron el servicio. Sólo Bernardo saboreaba la cerveza. De pronto lo inesperado. El joven cayó al suelo convulsionando y con vómito arrojando un líquido morado. Lo levantaron de inmediato. En la Policlínica de Medellín los médicos anunciaron que el joven había fallecido.



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