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Así empezó la Linotipia en Colombia: un oficio extinto

Actualizado: 6 may


Vemos linotipos y linotipistas en el periódico El Correo, Medellín. Foto: cortesía de Darío Molina, década del 60.


Por Juan Estudillo (Texto publicado en la Revista Historias Contadas # 79)


Nota de la redacción: La presente crónica, fue publicada en el año 1963 en el periódico de la Asociación Nacional de Linotipistas, ANDEL, en su número 67, publicado en Bogotá. Su autor fue uno de los primeros linotipistas que hubo en Colombia. Le recordamos a nuestros lectores que la linotipia o linotipo es una máquina inventada por Ottmar Mergenthaler en 1886 que mecaniza el proceso de composición de un texto que sale en lingotes de plomo para ser impreso por antiguas máquinas tipográficas. El linotipista era el operador de dicha máquina y como lo escribió el periodista Óscar Domínguez: “Los linotipistas tenían la memoria ortográfica en las yemas de los dedos. Es como si en cada dedo llevaran un miembro de la Academia de la Lengua”.


Allá por el año de 1910, don Arturo Manrique, quien iniciaba la representación de la Mergenthaler y de la National Paper de Norteamérica para Colombia, trajo a Bogotá el primer linotipo. Si bien me acuerdo, fue Daniel Navas el primer linotipista que la manejó y quien se perfeccionó en la tarea, a base de su esfuerzo personal. Aquella máquina comenzó a funcionar en una vieja casona de la esquina de la carrera sexta con la Avenida Jiménez de Quesada, en el sitio de Puente de latas, construido sobre el río San Francisco. Ligera la memoria revive aquel pasado de ambiente santafereño en que la vieja ciudad iniciaba su transformación. y se sorprende del cambio y del progreso que actualmente ostenta. En aquella casona comenzaron a editarse toda clase de folletos. Revistas, panfletos y la Gaceta Republicana, diario de combate político, dirigido por el doctor Olaya Herrera.


En 1915 llegaron los primeros Linotipos a la Imprenta Nacional, que ocupaba viejísimo y destartalado edificio, otrora convento de las Madres Bethlemitas, contiguo a la iglesia de Santa Clara. En donde tenían su propio cementerio. Tan tenebroso era aquel claustro, que en los grandes salones enladrillados, de cuarteados muros y elevados ojivales, no exagero si’ afirmo que asustaban de día. El cambio que se efectuó en uno de esos salones fue admirable. El técnico de la Mergenthaler don Alfredo Valderrama. Ordenó su limpieza total, el enladrillado se transformó en piso de parquet. Las paredes y el techo se remozaron; a los ventanales, por donde se filtraban el viento frío y la lluvia, se les puso vidrios; se armaron simétricamente los Linotipos con sus sillas giratorias, y eh frente de cada uno se instaló un lavamanos con jabón y toalla, cosa que no se había visto ni siquiera en las mejores oficinas de un ministerio.


Para la enseñanza y el manejo técnico de las máquinas, Valderrama pidió ocho cajistas al director de la imprenta, don Tomás Galarza, hombre de tipo centenario y ceño adusto, quien no ocultaba su asombro al ver el cambio tan extraordinario que se estaba efectuando, y con el cual peligraba hasta su mismo puesto.


En compañía de mi hermano Manuel (fallecido trágicamente en el muelle de Puerto Colombia en 1919, a la edad de 18 años, y de quien hoy como siempre me acompaña el recuerdo), trabajé como cajista en esa imprenta.


Los cajistas escogidos para el aprendizaje fueron: Rufino Tavera, Rafael Maz, Alberto Posse, Estanislao Vergara, Manuel Astudillo. Pedro Pablo Vélez, Jorge Pérez y Jorge Rodríguez. A este último no le gustó el linotipo y prefirió seguir encorvado sobre el chibalete levantando sus tipos. En vista de esto don Tomás me clavó el ojo y. me dijo: 1 Astudillo, a reemplazar a Rodríguez. Y ¡quién dijo miedo! En ese momento solté el componedor y me dirigí al salón a ponerme a órdenes de Valderrama.


Cuando ya estaban las máquinas funcionando se establecieron turnos de día y de noche, y en uno de estos, al hacer un blanco, no ajusté bien la quijada, se escapó un chisguete de metal derretido y me alcanzó la mano. Fueron tan tremendas las quemaduras, que todavía me duelen los dedos.


Al cabo de algunos años la imprenta fue trasladada ala casa del antiguo Hospicio (carrera séptima entre calles 18 y 19). Vino la consabida reorganización y salí por la tangente.


De esa época en adelante trabajé en varias empresas periodísticas tales como:

El Liberal, de la carrera 8fJ entre calles r y 8fJ, que fundó el doctor Olaya Herrera a su regreso de la Argentina, a donde fue nombrado nuestro ministro plenipotenciario. En este diario trabajé con los colegas Navas y Vélez. El jefe de armada y talleres era don José Pontón y el administrador don Roberto Cárdenas Murgueitio.

El Nuevo Tiempo, dirigido por el periodista poeta don Ismael Enrique Arciniegas.

El Tiempo, de don Eduardo Santos, situado en la carrera 7a. entre calles 17 y 18, que apenas tenía dos Iinotipos. Ensayaba uno de estos recién armado, cuando se me acercó, para curiosearlo, doña Lorencita de Santos; entonces se me ocurrió hacerle un lingote con su nombre y al dárselo. sus dedos de marfil no resistieron el calor y lo soltó con esta expresión: “¡Ay. y esa latica por qué sale tan caliente!”. Al retirarse y darme las gracias la radiante dama, quedó el ambiente saturado de una esencia deliciosa.


El Espectador, de don Luis Cano, instalado en la esquina de la calle 14 con carrera 7ª. donde trabajé en compañía de la señorita Celia Morales, excelente linotipista y dama de eximias virtudes. De aquí fui enviado con contrato de un año a trabajar en El Espectador de Medellín.


Mundo al Día, de don Arturo Manrique (Tío Kiosko), que llegó a ser el mejor magazín gráfico de Colombia por sus grandes tirajes, modernísima presentación y de un porvenir pecuniario halagador, pero que fracasó por los desorbitados despilfarros de su director. Así llegaron semanas en que la caja no tuvo con qué cubrir la nómina de nuestros sueldos.


Conmigo trabajó en Mundo al Día, entre otros linotipistas Guillermo Osario ViIlate, director de la revista humorística Cascabeles, hoy enfermo y ciego, pero que a pesar de esto, con asombrosa energía, ha llevado su simpática revista al número 106. De ella fui administrador y colaborador por algún tiempo. Parece que a Osario no le hace falta Jo luz ya apagada en sus ojos, porque la lleva encendida en su espíritu y en su imaginación.


En el Diario del Pacífico, de Cali, trabajé por espacio de dos años. Allí edité exitosamente en mis horas disponibles la primera Monografía industrial de la ciudad, en formato de un deciseisavo, portada a colores, y profusamente ilustrada. Luego seguí para Ibagué a trabajar en la Imprenta Departamental por algún tiempo, de donde regresé a Bogotá para ingresar de nuevo a la Imprenta Nacional, de la calle 10, contigua a la iglesia de Santa Inés y frente a la Plaza de Mercado, todo esto hoy demolido, arrasado por las estruendosas palas y grúas municipales, para embellecer y modernizar la capital. Era director de esa imprenta Salomón Correa, amigo de muchos años atrás por haber vivido en casas vecinas de la angosta e inclinada calle 5a, entre carreras 4a y 5a del barrio de Santa Bárbara.


Bueno, a mí me da la mala impresión de que se me vaya a considerar más bien como un agente de trasteos, porque describo, uno tras otro, cambios y mudanzas, la última de las cuales, gracias a Dios, se efectuó al fusionar la Nacional con las imprentas de la Universidad y . Biblioteca Nacionales (de esta era director-linotipista Rafael M. Pachón) y trasladarla al extenso y enmarquesinado salón de la carrera 15. De ahí salí pensionado en el año de 1952.

Después de algunos meses de descanso y para no perder el hábito de trabajo, accedí a manejar una máquina de la Editorial Andes, cuando un día, fatigado, tomé la resolución de dejar el linotipo. Al momento fundí tres lingotes con esta leyenda: “MI ÚLTIMO LINGOTE - Mayo de 1953” y lo repartí a cada uno de mis buenos y simpáticos compañeros: N. Guerra, panameño, Luis Acosta (El Chato) y Guillermo Añez, y es motivo de hilaridad, cuando nos encontramos ocasionalmente, el comentario de aquel suceso.


Desde entonces, aparte de lo que sigue significando para mí la Asociación Nacional de Linotipistas, ANDEL, ya cumplió su destino en mi vida el maravilloso linotipo.


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