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En la Comuna 10, la noche no cayó: se sentó a la mesa


Por: Manuel Peña. (Marzo 26 de 2026 - Pacto Histórico Comuna 10)


En Casa Encuentro, la noche del 26 de marzo desde las 5:30 p.m. —una sala blanca, apretada, casi tímida— un grupo de personas decidió sentarse alrededor de una mesa. Vista desde arriba, la escena parece un pequeño universo: cuerpos formando un círculo imperfecto, como si la democracia aún estuviera en obra gris, pero firme. No hay tarima, no hay micrófonos, no hay aplausos prefabricados. Hay sillas, hay cuadernos, hay una flor que insiste en el centro como si supiera que incluso en la política más dura hace falta belleza.


Allí no se discutía el mundo en abstracto. Se discutía Antioquia, se discutían las mesas, los testigos, los votos. Se discutía —sin decirlo así— el poder.


Alguien habló de no confiarse. Y esa frase, sencilla como pan caliente, cayó sobre la mesa con el peso de la historia. Porque en este país el poder popular no se decreta: se cuida. Se organiza. Se defiende mesa por mesa, voto por voto, mirada por mirada.

 

En una esquina, una mujer escucha con los brazos cruzados; no es distancia, es concentración. En otra, un hombre con gorra parece sostener más que su cuerpo: sostiene años de barrio, de promesas rotas, de intentos que no cuajaron. Y sin embargo ahí está. Nadie está de adorno en esa escena. Cada quien lleva su biografía como una credencial invisible.


La cámara —o el ojo que observa desde arriba— podría confundirse con vigilancia, pero también puede leerse como conciencia: el movimiento mirándose a sí mismo, preguntándose si está listo para lo que viene. Porque lo que viene no es menor: no es solo una campaña, es una disputa por el sentido de lo común.


Las decisiones fueron concretas, casi austeras: una asamblea el 16 de abril, un encuentro de líderes el 25, una jornada política el 28, la instalación de un equipo el 9.


Fechas que, vistas desde fuera, parecen simples marcas en el calendario. Pero dentro de ese cuarto eran otra cosa: eran promesas organizadas, eran el tiempo volviéndose estrategia.


Y en el centro de todo, como un latido, la idea de formar testigos electorales. No solo números —aunque los números importan— sino conciencia. Porque un testigo no cuida solo un voto; cuida una posibilidad. Cuida la frágil arquitectura de la democracia cuando tiembla.


La mesa, entonces, deja de ser mesa. Se vuelve territorio. Un territorio donde lo pequeño importa: una libreta, un celular, una palabra dicha a tiempo.


En las grandes narrativas, el poder suele aparecer vestido de traje, rodeado de escoltas y cámaras. Aquí no. Aquí el poder llega en ropa cotidiana, se sienta en sillas prestadas y escucha. A veces duda. A veces se contradice. Pero insiste.


Eso es el poder popular: no una consigna, sino una práctica.


Una práctica que ocurre en espacios como este, donde la política no se grita, se teje. Donde nadie parece imprescindible, pero todos son necesarios. Donde el círculo no se cierra del todo, porque siempre hay alguien más por incluir.


Y tal vez ahí radica su magia —una magia sin trucos, sin espectáculo—: que en medio de un país cansado de promesas, todavía haya gente que se reúne, que anota, que discute, que planifica.


Como si supieran algo que otros olvidaron: que la historia no cambia en los balcones, sino en estas mesas donde el futuro se escribe a mano. Esa noche no hubo titulares. No hubo discursos para televisión. Pero si uno afina el oído —ese oído que escucha lo que apenas nace— puede percibirlo: algo se estaba organizando.


Y cuando el pueblo se organiza, incluso en una sala pequeña, la ciudad entera empieza, lentamente, a cambiar de rumbo.

 
 
 

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