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Pinceladas del extinto barrio Guayaquil y plaza de Cisneros

Actualizado: 4 may




Por Jaime Mercado Jr.


Siempre me había preguntado por qué a ese sector, que constituyó un barrio de Medellín, se le denominó Guayaquil. Como se recordará, al comienzo, el primer mercado público quedaba en la llamada Plaza Mayor, ubicada en el parque de Berrío. Más tarde, se construyó la Plaza de Flórez. Fue esta la primera plaza cubierta que tuvo Medellín.


En esa misma época, había un sitio, cuyo propietario era don Coriolano Amador. El lugar, era insalubre, tanto desde el punto de vista físico como moral. Estaba en unas especies de lagunas, causadas por el desbordamiento del río Medellín.

Coincidió su fundación, con la época en que en la ciudad de Guayaquil, Ecuador, había una epidemia de fiebre amarilla y beri beri. Concluyo que esta fue la analogía, que hizo el pueblo anónimo, que todo lo observa, para que se le diera en ese lugar, el nombre de la capital del vecino país.

En 1892 el Concejo de Medellín autorizó a los representantes de Amador, para construir el mercado cubierto, en un predio de él. Inmediatamente, fue contratado el arquitecto francés, que a la sazón vivía aquí, Carlos Carré, para que hiciera los planos y luego se construyó el primer edificio. Tenía armazón de madera de comino, con ladrillos acostados y pegados con calicanto.

Obviamente, no habían llegado los automóviles. Los vehículos, eran de tracción animal: carretas y carretillas, cuyos propietarios las apostaban en una de las aceras de la plaza. Allí, esperaban trabajos de carga, para transportar la mercancía a los distintos lugares de la ciudad. La plaza se inauguró en 1894.


EPICENTRO DE MUCHAS COSAS

Alberto Upegui Benítez, en su libro “Guayaquil, una ciudad dentro de otra”, dice lo siguiente sobre este sector: “Había unas cuantas casuchas derrengadas, guaridas de pájaros de mal agüero. Un poco más abajo, hacia el sur, se extendían unas ciénagas pestilentes, refugio de ladrones, de maleantes y de prostitutas”.


LO QUE SIGUE

En el lugar, en el plano humano, se daban cita todo género de personas que se dedicaban, desde esa época, al llamado subempleo. Vendedores de legumbres y frutas, revendedores, intermediarios, culebreros, cacharreros, bulteadores, curanderos, tabernas, ladrones y prostitutas.

Pero ese punto, no solo era el escenario para que ahí trataran de subsistir muchos seres. Allí, también había algunos individuos, de cierta prestancia económica, que realizaban negocios de gran envergadura. Vendían cantidades de panela, arroz, maíz y yuca. Como no había papelería cercana para las transacciones, los comerciantes acudían a todo tipo de elementos, que sirvieran para plasmar la palabra impresa: papel de estraza, servilletas, cajas vacías de cigarrillos, etc.

Los que realizaban estas actividades, obedecían todo lo estipulado en estos documentos informales. Era la época, en que la palabra oral, era trasunto de un contrato, de una escritura.


CACHARRERÍA “LA CAMPANA”

Al hablar del antiguo Guayaquil, hay muchos establecimientos, que fueron testigos mudos de este lugar, cuyo privilegio fue su topografía plana.

En aras del recuerdo, hay que mencionar la cacharrería “La Campana”. Su propietario fue don Jairo Jiménez Giraldo. En su libro “Don Riche y su Guayaquil”, cuenta cómo llegó a ella. Explica que su hermano Riche, fue el primer propietario del establecimiento. Dice que por ahí, pasaron muchos compradores, en demanda de precios justos para los objetos que pretendían comprar. Agrega que al frente, había flotas de taxis grandes y también, era paso obligado, de todas las líneas de buses de Medellín, así como las rutas de los tranvías. Con respecto al sector, que otrora fue próspero, dice: “Aquí en “La Campana”, llevamos más de siete años perdiendo dinero. Esperamos la reactivación de Guayaquil”.


JOSÉ BARROS

El insigne compositor costeño, José Barros, al llegar a Medellín, cargado de esperanzas, se refugió en Guayaquil. Su orfandad económica lo obligó a vivir en un lugar, donde como dijo Cervantes, “toda incomodidad tuvo su asiento”.

Cuenta él que allí tuvo muchos amigos que le dispensaron un sano aprecio. Nunca nadie lo agredió, ni de palabra, ni de hecho. Muchos de los temas, de su copiosa producción los concibió en ese lugar.

Pero no solo eso. Sus reiteradas afugias, secuela de su problema económico, logró mitigarlas en ese sector. En una crónica, que publiqué en este misma revista, dice que, en alguna ocasión, decidió ir a una casa de empeño en ese sitio. Su propósito era el de dejar, a guisa de empeño, algunos enseres que tenía. Tras haberle explicado al administrador la razón de su decisión, éste decide prestarle el dinero, que él necesitaba y rehúsa aceptar los objetos. Esta humana determinación, con la que él no contaba, le deja para siempre la impronta de una gran acción generosa.


LA PLAZA MINORISTA

En 1968, ocurrió un grave incendio en el sector. Se dice que fue provocado. Luego, en 1977, hubo otro incendio en El Pedrero, lugar satélite de Guayaquil. A raíz de este hecho, el municipio decide construir, la Plaza Minorista “José María Villa”.

El 15 de agosto de 1984, se inicia el traslado de los comerciantes. En la Minorista hay, más de mil asociados activos. Tienen su propia cooperativa, denominada Coomerca. La planta física, es de propiedad de las Empresas Varias. Coomerca tiene un contrato con la mencionada entidad municipal y le paga un arrendamiento.


DANIEL SANTOS

No podía faltar, en esta relación histórica de Guayaquil, el gran Daniel Santos. “El inquieto Anacobero”, que tal fue uno de sus primeros apelativos, siempre habló bien de Colombia. En Cartagena, en Cali, en Medellín, y en muchas otras ciudades, dejó una huella imborrable, ora como intérprete o como autor. “De Colombia, dijo, son muchos los recuerdos que tengo: Luz Dary, la esposa que más amé. Daniluz mi hija más querida”.

En su vida andariega y turbulenta, no escatimaba visitar lugares, por humildes y peligrosos que fueran. En cierta ocasión, cumplía un contrato en Medellín. En uno de los recesos, aprovechó para dar una vueltecita. “Para conocer la vida de esta gente maleva, que solía frecuentar a Guayaquil”. Una noche, llegó hasta el bar “El perro negro”, un lugar donde se escuchaba música antillana. Entre ella, la de la Sonora Matancera.

Cuando el administrador del establecimiento se dio cuenta de quién era, le advirtió: “Oiga compadre ¿Cómo se le ocurre venir solo a este barrio?” No se preocupe, le contestó Daniel y añadió: “Esta es mi gente y yo quiero estar con ellos”. Luego, el resto de la clientela, que allí estaba, lo rodeó. Uno de ellos le dijo “No se preocupe jefe. Está en Antioquia. Aquí nunca le pasará nada”. Posteriormente llegan otros y le dicen: “Sí jefe. Esté tranquilo”. Fue allí, donde lo bautizaron “El jefe”. Este fue el último apodo que empleo en su vida. Dejó de ser entonces “El anacobero”, “El duro”, “El interminable”, “El amante insaciable”.


MI LLEGADA A MEDELLÍN

Pero no todo lo que cuento en esta crónica, es el resultado de lecturas teóricas. También, puedo hablar de ese lugar, en forma vivencial. Al llegar a esta ciudad, a estudiar en la Universidad de Antioquia, en 1960, Guayaquil estaba incólume, en el aspecto mercantil y en otras, de las flaquezas inherentes a la especie humana, que allí convivían inmersos en las dificultades. En efecto, allí vivieron muchos individuos, que, aguijoneados por la escasez económica, transgredían muchos preceptos, cuya observancia no deja de ser algo utópico. Las necesidades humanas, son como las aguas estancadas. Permanecen un tiempo, detenidas. Pero luego, buscan orificios para salir. Igual reacción se produce en los hombres. En este sentido, los latinos, que fueron algo pragmáticos, acuñaron esta sentencia: “Primum vivere, deinde philosofare”. Primero es la vida, luego el filosofar.

Mis reiteradas visitas a Guayaquil, mezcla de curiosidad y de búsqueda de economía, fueron provechosas. Recuerdo, entre otros, el almacén La Guitarra, cuyo propietario era un señor de apellido Tobón. Trabajaba con varios de sus hijos. Ese lugar era un híbrido de prendería y venta de discos. Allí conseguí casi toda la colección de Pacho Galán, de la orquesta Emisoras Fuentes, la de José Pianeta Pitalua, la Orquesta del Caribe y tantas otras.

En El Pedrero, le logré conseguir unos “pepinitos” medicinales, según la farmacopea homeopática. Mi señora me los hervía, en las horas de la noche, para hacer infusiones, las cuales aspiraba por las fosas nasales. Doy fe de que este remedio natural, me combatió una sinusitis crónica que yo padecía.

Pero también guarda, para mí, un recuerdo lúgubre. Allí pereció el cantante Raúl López. Buscando la economía del lugar, pereció aplastado por un bus. Un día antes, había convenido, por conducto de mi hermano Iber, una cita con él, para publicar un reportaje en el periódico, ya extinguido, El Correo, del que yo era redactor. Su muerte, me produjo, no solo tristeza, sino una profunda frustración. Quería dialogar, con uno de los artistas que hacía furor en esta ciudad con temas como “Llora corazón”, “Ven pa la guerra”, y “Juanita bonita”.

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