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Un faquir en la memoria


Por Álvaro Noreña Jiménez


«Soy el faquir prestidigitador que, sentado inmóvil en la encrucijada de los cinco sentidos, contempla en sí mismo el mundo que nace y desaparece, las multitudes que se agitan y gritan en los senderos multicolores de la nada».


Escritor cretense Nikos Kazantzakis en su obra «El Jardín de las Rocas»

Siempre se quedaron fijados en mi memoria, personajes fuera de serie que llegaron a nuestra Sevilla, la del Valle. Miré sus rostros y todos sus bártulos como si fuera la primera vez que los viera y tal vez la última vez.


Bien lo dijo el filósofo existencialista francés Jean Paul Sartre en San Genet: comediante y mártir: «Conoció el paraíso y lo perdió, era niño y lo expulsaron de su infancia».

Eran los años transcurridos de 1960, en la capital cafetera de Colombia, en épocas de cosecha cuando las chapoleras y los galafardos parecían bordando un mantel de cerezas.

La plaza principal de Sevilla, era la casa de gentes del campo que venían en éxodos en búsqueda de trabajo. Todo se movía. Los bares y cantinas. Cafeterías, panaderías y hoteles. Los guardaderos de maletas de estos nómadas. Los jeep Willys. Los escogederos de café pasilla, las bodegas de la Federación Nacional de Cafeteros, las compras de café, las carretillas con sus cargas de bultos pergaminos tiradas por fuertes caballos y guiadas por musculosos hombres que parecían gladiadores romanos.


Está comprobado que el 99 y medio por ciento de los culebreros, magos, faquires y santos de mentiras que llegaban a Sevilla en esos tiempos, eran antioqueños, nacidos en Yarumal, Sonsón, Sopetrán, Ituango o Abejorral.


En días festivos o en las navidades siempre aparecía en las mañanas en la plaza principal, y armaba un corrillo de noveleros con ese hervidero de gente. Le encanta trabajar en la calle ante público infantil. Los niños lo miran fascinados, al igual que yo. Un maravilloso espectáculo.


Era un mono bajito lleno de cicatrices en la cara, sin camisa, su carne es mapa donde las heridas de su oficio hacen nido, de pocos pelos en su cabeza, pocos dientes en su boca y en sus brazos ocupados descargaba su original lecho de madera lleno de puntillas, se tendía sobre la cama de clavos en un acto enigmático, impactante y sin gemidos, invitaba a un voluntario cuando se acostaba a subirse sobre su pecho.


Este hombre es un asceta que camina descalzo sobre cristales y ascuas, y se introduce antorchas de fuego y cuchillos en la boca sin que nada le suceda. Luego, empezaba a quebrar vidrios y cristales, con los cuales se daba un baño facial.


Y empezaba un espectáculo callejero lleno de malabares con fuego, en el cual jugaba con él, tomaba gasolina y antorcha engullendo el fuego, produciendo desde su boca llamaradas gigantes las cuales escupía al aire. La antorcha la pasaba encendida por su cara y su cuerpo.

Su espectáculo es sorprendente, aparentemente sencillo, auténtico y real. A pesar de ser un espectáculo de calle, la puesta en escena está muy cuidada y bien calculada. La facilidad y la rapidez con la que pisa los cristales y traga su espada dan la impresión de que no es nada peligroso.


Luego ponía un rin de bicicleta sobre una base elevaba, Insertaba su círculo de dagas y fuego y luego metía carrera y cruzaba en un vuelo de acróbata como una saeta por entre ellas.


En el espectáculo entre exhibición y exhibición, el monito extendía su mano en escudilla para clamar la solidaridad económica entre los asistentes. Moneda que le daban se la tragaba y se tocaba la barriga y decía: Quedé con hambre. Sigo recogiendo.


Preparaba su almuerzo público ante la mirada atónita de los curiosos: quebraba cuchillas de afeitar, y las envolvía en una papilla con vidrio molido, las depositaba en su lengua y para adentro con su infaltable expresión: Quedé con hambre sigo recogiendo.


De postre se insertaba unos ganchos grandes nodriza en los carrillos de su cara.

Hoy, al cabo de 71 años de olvido. Regresas a mi memoria respirando tu incierto origen, revestido de masoquismo pulsando el planeta.

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Álvaro Noreña Jiménez

Sabaneta, Antioquia, Enero 18 de 2026.

ilustración: Fernand Pelez, Muecas y miseria (Los saltimbanquis), 1888. Petit Palais, París

 
 
 

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