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Guayaquil: su historia musical y su bohemia en el tango

Por Gustavo Escobar Vélez


Para 1935, año de la muerte de Carlos Gardel en Medellín, su población no llegaba a los 160.000 habitantes. Ya, para ese entonces, los hoy bien restaurados edificios Vásquez y Carré, eran casi cuarentones y constituían, junto con la Estación Medellín, del siempre recordado Ferrocarril de Antioquia y la Plaza de Mercado, los principales referentes del barrio Guayaquil. El sector apenas comenzaba, por razones obvias, a presentar esa configuración de “Puerto seco”. Era la única terminal –macroterminal– de transporte de la segunda ciudad del país. Los emporios comerciales se multiplicaban y ofrecían opciones excelentes para toda clase de negocios. Empezaba a tener dos vidas, una diurna y otra nocturna , y comenzaron a llamarlo “Una ciudad dentro de otra”. En una crónica de Jaime Jaramillo Panesso, titulada “La urbanización medellinense y el tango”, encontramos la siguiente descripción del sector: “…Otra cara además, florecía, a seis cuadras, de la Plaza Mayor. Se llamó Guayaquil, con sus áreas cercanas de Balkanes, barrio Triste, Naranjal y, en la parte de arriba La Asomadera y Niquitao. El tango se paseó por ese espacio, por más de cincuenta años. Lo sacaron a palo, los incendios, valorización, planeación física, Metro y música de la guasquería, de los oídos de los nuevos habitantes de El Pedrero”. En su poema, “Barrio Triste”, el poeta antioqueño Tartarín Moreira hace una acertada comparación entre las dos barriadas. Da a entender cómo era el ambiente guayaquilero, en la siguiente estrofa de su descriptiva poesía: “Vecino al de Guayaquil/ (tangos, rumbas, pianos, broncas,/ taxis, crápulas, bohemia,/ música, músicos, fondas,/ risas, voces, carcajadas…/ El tácito “que me importa”/ de tantos que en los relojes/ no ven minutos ni horas…)/ ¡A Barrio Triste le falta/ lo que a Guayaquil le sobra!”. Precisamente, Libardo Parra Toro (Tartarín Moreira) con sus colegas León Zafir y Santiago “El Caratejo” Vélez, conformaron la trilogía más famosa de la bohemia poética y musical de Guayaquil. Sumémosle, a la lista, otros personajes del periodismo y las artes como Gilberto “Tito” Gallego Rojas, Ernesto “El Vate” González, Óscar Hernández Monsalve, Manuel Mejía Vallejo, Juan Roca Lemus (Rubayata), Rodrigo Arenas Betancur, José Yepes Lema (Malevo), Félix Marín Mejía, Jesús Peláez Álvarez, Octavio Vásquez Uribe, Gonzalo Cadavid Uribe, José Barros Palomino, y José María Jaramillo Quiceno, el inolvidable “Masato”, Jorge Franco Vélez “Hildebrando”, arquitecto Rafael Ortiz Arango y el escritor Darío Ruiz Gómez, entre los más famosos. Todos ellos pasaron por Guayaquil y algunos plasmaron en acertadas crónicas y poemas el misterio de este barrio singular. ASENTAMIENTO DEL TANGO EN GUAYAQUIL Cito de nuevo a Jaime Jaramillo Paneso y retomo de su crónica, ya mencionada , el siguiente párrafo: “Aquerenciado en el barrio Guayaquil, el tango se hizo compadre de comerciante, bulteadores, coteros de cara hirsuta, vivanderas, fogoneros del ferrocarril, conductores del tranvía y de carretas de caballos, comerciantes al detal y meseras de profesión. El verdadero centro del comercio, en los años treinta, se trasladó del Parque de Berrío a la Plaza de Cisneros. En aquel, se quedó el comercio suntuario y elegante. En Guayaquil se abrió paso el comercio mayorista, los abarroteros y la distribución de alimentos y vituallas”. A través del cine, los discos sonoros, los programas radiales y los cancioneros comenzó a conocerse el tango en Guayaquil. Películas, algunas de Gardel, como “Tango, en 1933”, “De la selva al valle”, “Carnaval de antaño”, “El alma del bandoneón”, “Puerto nuevo”, “Payasadas de la vida”, “Irma la mala”, y muchas otras, que colmaban las salas de los teatros Granada, Colón, Roma, Balkanes, Medellín y los demás cines del centro. Se familiarizaron las gentes con Charlo, Libertad Lamarque, Tito Lusiardo, en fin, con el mundo fascinante del tango. Los más famosos bailarines aprendieron a danzar de “puro ojo” observando esos filmes. Fueron, pues, numerosas las películas proyectadas en los teatros en aquellos años de oro del tango en Guayaquil. Por fortuna, en 1985, pudimos asistir al estreno de “El tango cuenta su historia”, un auténtico mosaico de las mejores cintas musicales argentinas. (Continuará)

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